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abril 15, 2014 / La Ultima Reyna

“Cornejo era largo como una manguera”

 Publicación aparecida en el "Serranito" revista de la empresa minera Centromín Perú (Sin fecha)

Publicación aparecida en el “Serranito” revista de la empresa minera Centromín Perú (Sin fecha)

Mi abuelo Reynaldo es sin duda una de las personas que estará siempre dentro de mis historias como un personaje gaseoso, que aparece y solo mira; que quiere contar pero que calla. Por él tengo el recuerdo de mi primera visita a Rancas, cuando fue padrino de matrimonio. En aquella ruta entre Cerro de Pasco y las comunidades del Distrito de Simón Bolívar trato de ver la laguna de Quiulacocha tal como lo veía él en su niñez y juventud, pero el destello rojizo que provoca el sol sobre las aguas muertas evidenciando la gran catástrofe producto de ambiciones desmedidas, son más fuertes que cualquier ejercicio de imaginación.

Cuando transito por ese camino pienso a veces en aquella historia que me contara
– a tanta insistencia – de la vez en la que estando niño cayera violentamente de un camión repartidor de gaseosas, en el que trabajaba como ayudante; como iba en la parte trasera, el chofer no se había percatado de la caída y había seguido su camino mientras él rodaba cuesta abajo. Le costó recuperarse y cómo pudo trató de regresar caminando a su casa con la pierna mal herida. Contaba que por el camino se había cruzado con algunas personas que sólo lo miraban, una de ellas le había dicho, “de que vale que sigas viviendo así muchacho, no vas a servir para nada, mejor tírate a la laguna”. El siguió su camino dejando atrás la laguna y viendo la carretera vacía sin señales del camión.

Mi abuelo evocaba historias similares pensando en sus días de viejo y de cómo había llegado hasta allí, “mi vida ha sido puro sufrimiento nomás” repetía cuando recordaba que por la ausencia de su padre había tenido que trabajar en muchas labores que le habían impedido ir a la escuela.

Pero su rostro se iluminaba cuando recordaba su vida en el deporte, desde muy joven su afición al fútbol lo hizo popular en la ciudad. Por su porte y altura su ubicación fue la portería, mi abuelo Reynaldo jugó, entre muchos otros, en uno de los equipos más recordados de la ciudad minera, “El Team Cerro de Pasco”. Con sus largas piernas y brazos siempre atentos se paraba delante del arco y no había contrincante que pudiera con él. Contaba que algunos lo habían apodado “la araña negra o la viuda negra”.
Don Antonio, un vecino muy querido de Rancas, apodado “Sapo Mocho” (quien también ha partido ya) me decía que había conocido a mi abuelo en las canchas deportivas y que “Cornejo era largo como una manguera”. Hincha de Universitario y fan de Lolo Fernández, contaba las jugadas que había presenciado de su ídolo y guardaba fotos y posters de él y el equipo de sus amores.

Sí, mi abuelo era un hombre alto y de piernas largas. Desde mis más lejanos recuerdos lo veo vistiendo overol plomizo, zapatos de seguridad y protector blanco para ir a trabajar. Muy reservado con la familia pero juguetón y lleno de historias con los amigos. Su hermano, compadre y mejor amigo Víctor se fue 20 años antes que él, y esa tristeza nunca la pudo superar. Dos hombres con barbas, así es como los recuerdo, perdiéndose entre las notas melodiosas de un huayno: “Jauja que dulzura, rinconcito de mi valle que yo quiero…”

Después de varios trabajos eventuales en su adolescencia y juventud entró a trabajar a la Cerro de Pasco Corporation. Vivió en el barrio de Ayapoto, hoy desaparecido, invisible, suplantado por el acopio de desecho de mineral. Se casó muy joven con mi abuela Juana y años más tarde se mudó a los nuevos campamentos construidos por la compañía, en su “plan de traslado de la ciudad”, a la nueva ciudad de San Juan Pampa. Fue un trabajador que recibió méritos y reconocimiento por su trabajo; la popularidad y la admiración se lo ganó por su talento en las canchas.

En la empresa minera, inicialmente en la Cerro de Pasco y luego en Centromín Perú mi abuelo trabajó en la sección “Bombas de mantenimiento mecánico”. Su trabajo estuvo relacionado con el agua, inspeccionaba y se ocupaba del mantenimiento en diferentes lugares (Wicra, Casaracra, Yanamate), desde donde se “bombeaba” agua para el uso doméstico y el de la empresa. Un gran recuerdo que le traía alegría era aquella vez en la que desarrolló un proyecto para aumentar el volumen de agua y disminuir los costos de mantenimiento.

Mi abuelo no solía contar historias, ya en sus últimos años se callaba y se perdía en la soledad a la cual lo había lanzado el desarraigo de su tierra. Él, al igual que muchos obreros y empleados de la empresa minera de Cerro de Pasco migró; algunos se fueron para Huánuco, otros para Tarma, algunos para Huancayo, él fue uno de los tantos que eligió Lima. Con lo acumulado de sus sueldos compró un terreno y construyó su casa poco a poco, a la que se mudó definitivamente después de su jubilación. Pero migrar no es para los viejos, los amigos se dispersan, las calles son nuevas, hay que habituarse a otras costumbres y eso es agotador si se tienen años encima y el cuerpo comienza a ser minado por la salud.
Sus piernas largas, su agilidad, los momentos gloriosos en la cancha y su octogenaria vida quedaron en las fotografías, en las añoranzas y en pequeñas frases que escribía en hojas sueltas cada noche.

El 12 de agosto del 2009 se fue a su viaje eterno. Su mano derecha enfundada en un guante azul apretó fuerte la mía cuando juntamente con los bomberos de la unidad médica lo trasladábamos a la camilla para llevarlo al hospital. Tantas pelotas había detenido en la portería, tantas madrugadas se había entregado al trabajo; el tiempo se había encargado de debilitar sus huesos y la mala fortuna de quebrarle la cadera en sucesivos accidentes. Aquella noche después de una crisis cardio respiratorio entraría a la cama de emergencia del hospital y no volvería a su casa sino para ser despedido con flores, velas y café.

Murió lejos de Cerro de Pasco, como mucha gente que se va y no puede regresar a despedirse, porque así es la relación con la ciudad opulenta. Él no pudo volver a mirar por última vez lo que iba quedando del frígido pueblo que lo vio crecer, jugar, emborracharse, llorar, amar…

Yo me despido de esas calles que lo vieron vivir. Me despido por él, pero también por mí; porque de Cerro de Pasco uno nunca sabe qué es lo que no volverá a encontrar en el siguiente parpadeo.

Ya mi abuelo habrá cruzado el país de los perros, de las pulgas y las vacas. Seguramente su perro Pichicho, lanudo y despeinado, reconociéndolo en su camino lo habrá ayudado a cruzar los ríos de aguas embravecidas. Habrá juntado tierra en su manta y caminado ligero con las zapatillas que lo calzamos.Ahora ya estará con sus hermanos Víctor y Antonio, con la bisabuelita Maria Luisa, con la abuelita Juana y la tía Aydé cantando y bailando entre auquish, chutos y chunguinos: ♫♫ Jauja que dulzura rinconcito de mi valle que yo quiero…♫♫

Hoy 15 de abril mi abuelo Reynaldo hubiera cumplido 86 años, pero ya no está…

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